Bridging Faith and Accessibility

On a recent Sabbath morning at La Sierra University, something important was happening—though it didn’t feel like a program as much as a conversation we’ve probably needed to have for a long time. The Conference on Disabilities, organized by Bill Davis, the Pacific Union’s Disabilities Ministries director, brought together ministry leaders and members to think more carefully—and more honestly—about how the church relates to people with disabilities.

At the center of the morning was Charlotte L.V. Thoms from the North American Division, who spoke with a combination of legal clarity, personal awareness, and biblical grounding. She didn’t begin with programs or structures but with something simpler: understanding. Drawing from the Americans with Disabilities Act, she defined disability as a physical or mental impairment that substantially limits major life activities—walking, seeing, hearing, speaking, caring for oneself. But she was quick to move past definitions.

“Disabilities ministry is not about labeling people,” she said. “It’s about recognizing a community—and responding with dignity, awareness, and love.”

That set the tone. This wasn’t about categories for their own sake, though she did outline them—cognitive, hearing, hidden, mobility, psychiatric, speech, and visual—as a way to help churches think more concretely. The point wasn’t classification; it was awareness that leads to action.

And that’s where the conversation naturally connected with what is already happening—and what is still missing—in the Pacific Union.

The department itself is new. In many of our churches, there are pieces of ministry—programs here and there, often shaped around a particular need—but not yet a cohesive vision or a dedicated department. Bill Davis has been seeing that up close. The Kansas Avenue church in Riverside stands out as something of an exception, with a long-standing and intentional approach supported by a full team. But elsewhere, the pattern is more fragmented.

Davis isn’t discouraged by that. If anything, it clarifies the work ahead.

“My goal,” he said, “is to create awareness of the need for ministries for and by people with disabilities, to tell the stories of people whose spiritual lives are strong and vibrant, and to encourage churches to think seriously about access—not just to buildings but to congregational life and ministry.”

That last part matters. Because as Dr. Thoms emphasized, accessibility is not primarily structural—it’s relational. Clear signage, accessible facilities, thoughtful planning—all of that matters. But people need to feel seen before they feel served. And that kind of awareness doesn’t come from policy alone; it comes from a shift in how we understand community.

Throughout her presentation, she kept returning—quietly but firmly—to the example of Christ. The Gospels, she reminded those present, are filled with moments when Jesus stopped for people that others passed by. People on the margins. People whose needs were visible—and sometimes invisible.

“If everything Jesus did were written down,” she said, echoing Scripture, “the world itself could not contain the books. But we do know this—He made time for people others overlooked.”

That becomes, in a sense, the measure.

For many listening, the challenge was both clear and a little uncomfortable. It’s one thing to agree with inclusion as an idea; it’s another to build a culture that reflects it. Thoms acknowledged that tension. Most churches, she said, don’t feel fully prepared to lead in this area. But that’s not a reason to wait.

“You may not know everything at the beginning,” she said, “but you must be willing to learn—to define this ministry, to defend it, and to invite others into it.”

That sense of movement—of something beginning to take shape—was also evident in a quiet but significant moment during the program. Thoms introduced the new North American Division Disabilities Ministries director, Andre “Bill” Watson-Payne, who will begin his role in August. For many in the Pacific Union, he is not a new face. He has served here before, including as pastor of the Honolulu Central church, and understands the context he is stepping into.

His appointment adds another layer to what is already developing locally. What Davis is building at the union level now connects to a broader, division-wide effort—one that suggests this is not a passing emphasis but something the church is beginning to take more seriously.

And perhaps that is what lingered most from the morning—not any single idea but the sense that this is part of a larger shift.

“In the end,” Thoms said, bringing her remarks to a close, “this is not just about accessibility. It’s about reflecting the heart of God.” That line stayed with people.

Because when churches begin to think differently about inclusion—when they move beyond accommodation into genuine belonging—they are not simply meeting needs. They are, in a very real sense, becoming more fully what they claim to be.

A community shaped by the gospel. And a place where no one is an afterthought.

Tender puentes entre la fe y la accesibilidad

En una reciente mañana de sábado en La Sierra University, algo importante estaba ocurriendo —aunque no se sentía tanto como un programa sino como una conversación que probablemente necesitábamos tener desde hace mucho tiempo. La Conferencia sobre Discapacidades, organizada por Bill Davis, director de Ministerios para Discapacidades de la Pacific Union, reunió a líderes de ministerio y miembros de iglesia para pensar con más cuidado —y con más honestidad— acerca de cómo la iglesia se relaciona con las personas con discapacidades.

Charlotte L.V. Thoms, de la División Norteamericana, habló con una combinación de claridad legal, sensibilidad personal y fundamento bíblico. No comenzó hablando de programas o estructuras, sino de algo más sencillo: comprensión. Basándose en la Ley para estadounidenses con discapacidades, definió la discapacidad como una limitación física o mental que restringe de manera sustancial actividades importantes de la vida—caminar, ver, escuchar, hablar o cuidar de uno mismo. Pero rápidamente fue más allá de las definiciones.

“El ministerio de discapacidades no consiste en poner etiquetas a las personas”, dijo. “Consiste en reconocer a una comunidad—y responder con dignidad, sensibilidad y amor.”

Eso marcó el tono de toda la mañana. No se trata de categorías por sí mismas, aunque sí presentó algunas —cognitivas, auditivas, invisibles, de movilidad, psiquiátricas, del habla y visuales— como una manera de ayudar a las iglesias a pensar de forma más concreta. El punto no era clasificar, sino crear consciencia que conduzca a la acción.

Fue allí donde la conversación se conectó de manera natural con lo que ya está ocurriendo—y con lo que todavía hace falta—dentro de la Pacific Union.

El departamento en sí es nuevo. En muchas de nuestras iglesias existen fragmentos de ministerio—programas aquí y allá, a menudo organizados alrededor de una necesidad específica—pero todavía no existe una visión cohesionada ni un departamento dedicado plenamente a este trabajo. Bill Davis lo ha visto de cerca. La iglesia Kansas Avenue, en Riverside, sobresale como una excepción, con un enfoque intencional y sostenido apoyado por un equipo completo. Pero en otros lugares el patrón sigue siendo fragmentado.

Eso no desanima a Davis. Si acaso, le ayuda a ver con más claridad el trabajo que queda por delante.

“Mi objetivo”, dijo, “es crear conciencia sobre la necesidad de ministerios para y por personas con discapacidades, contar las historias de personas cuya vida espiritual es fuerte y vibrante, y animar a las iglesias a pensar seriamente en el acceso—no solo a los edificios sino también a la vida congregacional y al ministerio.”

Y esa última parte es importante. Porque, como enfatizó la Dra. Thoms, la accesibilidad no es principalmente estructural —es relacional. Señalización clara, instalaciones accesibles y una planificación cuidadosa son importantes. Pero las personas necesitan sentirse vistas antes de sentirse atendidas. Y esa clase de sensibilidad no nace solamente de las políticas; nace de un cambio en la manera en que entendemos la comunidad.

A lo largo de su presentación, ella regresó una y otra vez—de manera tranquila pero firme—al ejemplo de Cristo. Recordó a los presentes que los Evangelios están llenos de momentos en los que Jesús se detenía por personas que otros pasaban de largo. Personas en los márgenes. Personas cuyas necesidades eran visibles—y a veces invisibles.

“Si todo lo que Jesús hizo estuviera escrito”, dijo, haciendo eco de las Escrituras, “ni aun el mundo podría contener los libros. Pero sí sabemos esto—Él hacía tiempo para las personas que otros ignoraban.” Eso se convierte, en cierto sentido, en la medida.

Para muchos de los que escuchaban, el desafío era claro y, al mismo tiempo, un poco incómodo. Una cosa es estar de acuerdo con la inclusión como idea; otra muy distinta es construir una cultura que realmente la refleje. Thoms reconoció esa tensión. La mayoría de las iglesias, dijo, no sienten que estén completamente preparadas para liderar en esta área. Pero eso no es una razón para esperar.

“Tal vez no sepan todo al principio”, dijo, “pero deben estar dispuestos a aprender—a definir este ministerio, a defenderlo y a invitar a otros a formar parte de él.”

Ese sentido de movimiento —de algo que apenas comienza a tomar forma— también se hizo evidente en un momento tranquilo pero significativo durante el programa. Thoms presentó al nuevo director de Ministerios para Discapacidades de la División Norteamericana, Andre “Bill” Watson-Payne, quien comenzará sus funciones en agosto. Para muchos dentro de la Pacific Union, no es un rostro desconocido. Ya ha servido anteriormente aquí, incluyendo como pastor de la iglesia Honolulu Central, y entiende el contexto al que está entrando.

Su nombramiento añade otra dimensión a lo que ya se está desarrollando. Lo que Davis está construyendo ahora a nivel de unión se conecta con un esfuerzo más amplio en toda la división —algo que sugiere que esto no es un énfasis pasajero, sino algo que la iglesia está comenzando a tomar más en serio.

“Al final”, dijo Thoms al concluir sus comentarios, “esto no se trata solamente de accesibilidad. Se trata de reflejar el corazón de Dios.” Esa frase permaneció con muchas personas.

Cuando las iglesias comienzan a pensar de manera diferente acerca de la inclusión—cuando van más allá de la acomodación y avanzan hacia un verdadero sentido de pertenencia—no solo están respondiendo a necesidades. En un sentido muy real, están llegando a ser más plenamente aquello que afirman ser.