No, La Biblia No Apoya la Ordenación/Comisión de Mujeres Como Pastores

Las siguientes afirmaciones fueron publicadas originalmente en Adventists Affirm, una revista independiente descrita como «una publicación que afirma las creencias Adventistas del Séptimo Día», vol. 3, núm. 2, otoño 1989. Fueron incluidas después como Apéndice B en el libro Prove All Things, editado por Mercedes H. Dyer (Berrien Springs, Mich: Adventists Affirm, 2000). La introducción señala que «el consejo editorial de Adventists Affirm ha preparado este documento con la contribución y los consejos de otros peritos y líderes de iglesia adventistas». El consejo editorial durante su publicación incluía a: Genevieve Bothe, Samuele Bacchiocchi, Carl Coffman, William Fagal, Hedwig Jemison, Betty Lou Hartlein, C. Raymond Holmes, Warren H.Johns, Rosalie Haffner Lee, C. Mervyn Maxwell, Dolores Slikkers, Stephen V. Wallace, Mary E.Walsh y Douglas Waterhouse.

Afirmaciones

  1. Afirmamos que los hombres y las mujeres son iguales ante Dios. Ambos fueron creados a la imagen de Dios (Gén 1:27) y ambos han sido redimidos por Jesucristo (Gál 3:28).
     
  2. Afirmamos que las Escrituras enseñan diferencias en sus funciones a la vez que mantienen igualdad de ser. El hombre es llamado a ejercer como cabeza cariñosa y sacrificada en el hogar y en la iglesia, siguiendo el patrón de Jesús como cabeza (Efe 5:21, 25; 1 Cor 11:3). La mujer es llamada a aceptar de buena gana y a cooperar con la función como cabeza cariñosa del hombre, no como una costumbre cultural, sino como un principio ordenado divinamente («como al Señor» Efe 5:22; ver 1 Cor 11:3; 1 Tim 2:12, 13). Dios ordenó esas distinciones como parte de su poder creador; deberían de ser respetadas tanto en el hogar como en la iglesia.
     
  3. Afirmamos que 1 Timoteo 2:12-3:7 es vigente en la actualidad y no puede confinarse al antiguo Éfeso. «No permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre… es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer». Pablo apoya su enseñanza con una apelación, no a la cultura, sino a las Escrituras y, específicamente, a la creación: «Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión». Restringir el argumento de Pablo al pasado o a situaciones limitadas actuales anularía su apelación a las Escrituras y negaría su autoridad como maestro.
     
  4. Afirmamos que la distinción de papeles fue asignada por Dios durante la creación, antes de la caída (Gén 2:18-23) y continúa como parte de la redención después de la cruz.  «Porque Adán fue formado primero, después Eva» (1 Tim 2:13); «Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo» (1 Cor 11:3). La caída distorsionó la relación funcional entre los hombres y las mujeres tanto en el hogar como en la iglesia. En lugar de un liderazgo compasivo y sacrificial, los hombres pueden tratar de dominar o de escapar a su responsabilidad. En lugar de una noble cooperación, las mujeres pueden tratar de usurpar el liderazgo del hombre o adoptar una sumisión servil. Al hacer tal cosa, ambos pierden las bendiciones que Dios tenía en mente para ellos.
     
  5. Afirmamos que la redención en Cristo remueve las distorsiones de las relaciones funcionales apropiadas que son el resultado de la caída y eleva las relaciones funcionales adecuadas:
    —En el hogar, los esposos deben vencer sus deseos de dominar o ser pasivos, aprendiendo a proveer un liderazgo compasivo y sacrificado por sus esposas y sus hijos, tratando de animarlos y capacitarlos para hacer el bien. De la misma manera, la esposa debería de hacer a un lado cualquier deseo de resistir la autoridad apropiada de su esposo, aprendiendo a cooperar dispuesta y alegremente con el liderazgo compasivo de su esposo ayudándole a desarrollarse como el hombre de Dios llamado a ser.
    —En la iglesia, la redención da a los hombres y mujeres una parte igual en las bendiciones de salvación y gracia para servir de acuerdo con los papeles ordenados por Dios a cada uno.
     
  6. Afirmamos que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento apoyan ampliamente la participación activa de las mujeres en la vida religiosa privada y pública del pueblo de Dios. En el Antiguo Testamento las mujeres participaban en el estudio y la enseñanza de la ley (Neh 8:2; Prov 1:18; Deut 13:6-11), ofreciendo oraciones y promesas a Dios (1 Sam 1:10; Núm 30:9; Gén 25:22; 2 Reyes 4:9-10, 20-37), en el ministerio «en la puerta del tabernáculo de reunión» (1 Sam 2:22), cantando en el culto del templo (Ezra 2:65), y participando en el ministerio profético de exhortación y dirección (2 Reyes 22:14-20; 2 Cró 34:22-28). En el Nuevo Testamento encontramos mujeres llevando a cabo la misión de la iglesia (Hechos 16:14-15; 21:8-9; Rom 16:1-4, 12). De la misma manera, durante más de cien años, la Iglesia Adventista ha incorporado a mujeres en su ministerio como instructoras bíblicas que han ayudado a ganar miles de personas y han sido parte importante del equipo pastoral. Aunque necesita hacer más, la iglesia ha utilizado los talentos de las mujeres en esta y muchas otras maneras vitales. De esa manera, creemos que las mujeres tienen funciones apropiadas en la labor de Dios y de la iglesia.
     
  7. Afirmamos que la Biblia excluye la ordenación de mujeres como sacerdotes en el Antiguo Testamento y como apóstoles/ancianos/pastores en el Nuevo Testamento por razones bíblicas y teológicas y no por razones sociales y culturales. El Nuevo Testamento explícitamente apela al orden y método de la creación de Adán y Eva para explicar por qué las mujeres no deberían de ejercitar una función de cabeza de enseñanza dentro de la iglesia. Ver 1 Tim 2:13; 1 Cor 11:8. En esos textos el orden y la forma de la creación de Adán y Eva revelan el diseño de Dios para la función del hombre como cabeza espiritual del hogar y la iglesia. (Para más información, ver el primer volumen de Affirm [Apéndice A en «Prove All Things»]).
     
  8. Afirmamos que existe una correlación clara entre la función de cabeza de un padre en el hogar y la del anciano/pastor en la iglesia. «Es necesario que el obispo… gobierne bien su casa» (1 Tim 3:2-5). Elena White mantiene esta correlación: «Como sacerdote en el hogar, y como embajador de Cristo en la iglesia, debe ejemplificar en su vida el carácter de Cristo… El que no resulta un fiel y sabio pastor en el hogar, seguramente no podrá ser un fiel pastor del rebaño de Dios en la iglesia» (Reflejemos a Jesús, pág. 172). «Debe considerarse la familia de la persona sugerida para un cargo [de anciano]… Si él no ejerce tacto, prudencia ni piedad eficaz en casa, en el manejo de su propia familia, no es arriesgado concluir que los mismos defectos se manifestarán en la iglesia, que se verá en ella la misma administración no santificada» (Testimonios para la Iglesia, Vol. 5, págs. 582, 583).
     
  9. Afirmamos que existe una correlación entre la función de un anciano/pastor como padre espiritual de la familia de la fe y la función de Dios como el Padre de la familia humana. Aunque Dios trasciende las distinciones sexuales de funciones, ha escogido revelarse como nuestro Padre, tal como lo expresó Jesús repetidamente. Aparentemente la razón es que la función de un padre en el hogar y la de un anciano (figura de un padre mayor, 1 Tim 5:1) o pastor en un hogar de la fe (1 Cor 4:15) es la mejor representación del papel que Dios mismo tiene con nosotros, sus hijos (Efe 3:14, 15). Esa función simbólica especial que el anciano o pastor es llamado a fungir, como representante del Padre, Pastor y Cabeza de la iglesia celestial no puede ser llevada a cabo legítimamente por una mujer como pastor ya que su función bíblica es la de madre y no de padre (1 Tim 5:2). Dedicar a una mujer que funja en un papel de cabeza como anciano/pastor es una adulteración de la representación de Dios por el pastor. Tratar de apoyar la ordenación de las mujeres al desvanecer esta distinción a través de la oración a Dios como «nuestro Padre y Madre en el cielo» es reminiscente del paganismo que los escritores bíblicos opusieron vehementemente.
     
  10. Afirmamos que no debería de introducirse ninguna enseñanza o práctica nueva a la Iglesia Adventista del Séptimo Día a menos que tengamos una orden clara de las Escrituras. En este tema, el consejo de Elena White es claro: «La Biblia debe ser nuestra norma para cada doctrina y práctica… Es la palabra del Dios vivo la que decide cualquier controversia» (The Ellen G. White 1888 Materials, págs. 44, 45). «Dios tendrá en la tierra un pueblo que sostendrá la Biblia y la Biblia sola, como piedra de toque de todas las doctrinas y base de todas las reformas. Ni las opiniones de los sabios, ni las deducciones de la ciencia, ni los credos o decisiones de concilios tan numerosos y discordantes como lo son las iglesias que representan, ni la voz de las mayorías, nada de esto, ni en conjunto ni en parte, debe ser considerado como evidencia en favor o en contra de cualquier punto de fe religiosa. Antes de aceptar cualquier doctrina o precepto debemos cerciorarnos de si los autoriza un categórico “Así dice Jehová”» (El conflicto de los siglos, pág. 654).

La lista de afirmaciones es seguida por una lista de «Preocupaciones» producidas por el mismo equipo editorial en 1989. La Preocupación No. 4, dice: «Estamos profundamente preocupados acerca de las contradicciones aparentes en la decisión del Concilio Anual de 1989 de no ordenar mujeres al ministerio del evangelio pero autorizarlas a que “lleven a cabo esencialmente las funciones ministeriales de un ministro ordenado”. Quienes abogan por la ordenación se quejan de que la acción hace del sexo el único factor para excluir a las mujeres de servir como pastores completos. Otros encuentran la decisión inaceptable porque capacita a las mujeres a tener la función de cabeza como pastor. Además, permitir que la gente (hombre o mujer) lleve a cabo las funciones de un ministro ordenado sin haber sido ordenado degrada la ordenación ministerial, haciéndola aparecer superflua».